El Cacahuate de Oro

* (Si resulta difícil seguir el hilo de mi relato por tantas explicaciones on a side, no es mi culpa, hablar del ser humano es de por sí complejo, más cuando se hace en las primeras líneas de un texto o conjunto de textos, en las cuales se definen los sitios que serán comunes en dicha serie, y yo no soy precisamente la narradora más hábil. Háganle como quieran).

Me parece que una de las formas en las que las personas tratamos de identificarnos más con algo o con otros es a través de las distinciones geográficas. Según como se vea, en ese aspecto yo no tengo identidad, o tengo un par de sobra. Tras vivir toda mi vida en mi natal Guadalajara sentía como si la ciudad me picara y como si salirme al menos un tiempo de ahí fuera algo que tuviera que hacer.

 
(Me voy a permitir hacer un paréntesis para presentar la creación de un término que será de uso común en mi léxico de ahora en adelante [sí, claro, tienes mi permiso] cuya definición estará en constante construcción y evolución y que sirva para referirse a un grupo de individuos que se parecen entre sí por su conducta y en alguna medida también por su comportamiento social y por su conjunto de creencias (aunque seguro sería más conveniente llamarlo “su conjunto de no-creencias”, pero por el momento no ahondaré mucho en ese aspecto). Esta denominación no incluye a ningún grupo pre-existente con el fin de no perpetuar clichés, no porque hubiera quien se pudiera ofender, sino porque lo malo de los clichés es que excluyen a personas que encajan casi a la perfección con una definición solo porque no cumplen con alguno de los requisitos necesarios para que el cliché les quede… por ejemplo, conozco a dos o tres personas que son la viva imagen del cliché de la madre judía, de no ser porque no son judías, pero el sentido de posesión y el juego de la culpa están ahí, le haga uno como le haga. Que este término sirva, pues, para crear un nuevo cliché que no se vea limitado o coartado por clichés pre-existentes).

 

Como buena bripa (este es es el término nuevo, ¡duh!) en cuanto salí de mi ciudad natal empecé a extrañarla y a añorarla. Ahí fue donde conocí mi identidad de ‘mexicana radicada en el extranjero’ de la cual hablaré posteriormente y que lleva a mucha gente a hacer cosas extrañísimas, como a saludar a desconocidos en el metro en otros países como si fueran sus parientes perdidos de años, solo porque alcanzaste a reconocer un idioma con un acento familiar, como si nunca en tu vida hubieras escuchado el mexaespañol, como si nunca hubieras visto a otro mexicano en tu vida (wey, ¡hay como cien millones en tu país!), o como si estando en México fueras como loco saludando a todo el mundo en el metro porque te diera mucho gusto escuchar a otro mexicano. En fin, esto para otra ocasión.

 

Con el paso del tiempo hay sentimientos que un bripo o una bripa (que son personas que por definición general se asumen como lo que son) empiezan a refinar o a afinar. Por ejemplo, el amor a la tierra, (lontana o no) luego se transfiere a su gente y a sus costumbres, en una especie de ‘patriotismo’ local que es difícil definir, porque no se limita a un localismo de ciudad, de región o de estado… es tan solo otro tipo de identidad. Por ejemplo, en mi caso, siendo de Guadalajara me asumo primero como jalisciense y de una manera muy soquete pasa que, como muchos otros bripos, me enorgullecen los logros de otros co-terráneos: cuando el Chicharito mete un gol (y digo con un suspiro “aaah, Chicharito…”) pienso “a huevo, el Chicharito poniendo el nombre de Jalisco en alto”; mientras Lorena Ochoa fue la mejor golfista del mundo decía “claro, Lorena demostrando que en Jalisco hay puro chingón” y cuando Lorena decidió retirarse estando en la cima lo rematé con algo como “eso, Lorena es una grande porque supo cuándo y cómo retirarse con dignidad” pero la verdad de las cosas es que no importa cuántos Chicharitos Hernandez, Lorenas Ochoa, Saúles Álvarez canelosos, Agustines Yáñez, Juanes Josés Arreolas, Josés Clementes Orozco, Guillermos Del Toro o Juanes Rulfo haya o hubiera habido en el mundo, y cuan grande sea la coincidencia de su lugar de nacimiento, seguro cada región, cada ciudad puede hacer su propia lista de gente ilustre y repetirse lo mismo que yo para autocomplacerse “¡a huevo!” y ninguno de nosotros podemos (o deberíamos en todo caso) enorgullecernos por los logros ajenos, precisamente porque no son nuestros y porque sería muy absurdo tratar de colgarnos logros de alguien más.

 

Cada vez que escucho a alguien dar una entrevista después de haber sido premiado o reconocido por su esfuerzo (ya sea un atleta al terminar de correr el maratón o un actor al ganarse un Globo de Oro) y que noto que le agradece a todo el país con alguna oración como “quiero darle las gracias a México / a la gente de México / porque este premio / logro / medalla / no habría sido posible sin ellos” me da una ternurita horrible y termino teniendo conversaciones con la tele / radio / computadora que no son escuchadas ni correspondidas: “no, querido” suelo decir, “no es gracias a México: yo no me levanté contigo todos los días a las 6 de la mañana ni dejé de ir a fiestas con mis amigos, ni me entrené con disciplina casi religiosa para hacer lo que tú hiciste, yo no apoyé tus sueños diciéndote que algún día ibas a lograrlo y que lo único que tenías que hacer era persistir y echarle ganas… es gracias a ti y no a los 100 millones de paisanos que te habríamos abucheado si hubieras perdido: TÚ fuiste el único que hizo que fuera posible, y si eres una persona afortunada, seguro que tuviste un grupo de apoyo conformado por tu familia y por tus amigos. Si a ellos es a los que quieres identificar como México, entonces adelante… pero la verdad de la cosas es que México no ha hecho nada por ti y yo te lo podría apostar”. La mayoría de las veces mi marido concuerda conmigo y remata mi monólogo para el monito saliendo en la televisión diciendo algo como “eso es cierto, cuando tú estabas entrenando seguro yo estaba dormido, o comiendo tacos”.

 

Y mi marido podría ser otro ejemplo de esos que demuestren precisamente el hecho de que no por compartir tu tiempo con alguien puedes sentirse parte de sus logros: Paco es un tipo brillante que, mientras yo veía capítulos repetidos de los Simpson una y otra vez por televisión, leyó cualquier cantidad de libros y de papers científicos con los que aprendió cosas que yo ni siquiera sé que existen (me encantaría decir “que no sabía que existían” pero la honestidad me impide modificar el tiempo verbal de mi declaración). Por eso cuando se graduó Summa Cum Laude (o sea, para los que no saben con qué se come eso, en este país quiere decir que se graduó como el mejor de su generación, lo cual además en México vale madre porque no es como en otros países en donde puedes empezar tu curriculum con las palabras “top of my class” para convencer a las empresas de que eres contratable) a mí me dio todo el gusto del mundo, pero en ningún momento pensé como con el Chicharito “¡a huevo! Porque los de Jalisco son unos chingones” sino que inmediatamente pensé “se lo merece: todas esas horas de estudio, de lectura y de esfuerzo le rindieron frutos y es mérito de él y de nadie más”.

 

He pensado en eso muchas veces y llegué por lo tanto a la conclusión de que, si alguna vez me gano un premio por alguna razón (tengo 31 años y vivo en la incertidumbre de tener una misión en la vida, así que sigo viviendo como si tuviera 12 años y me pudiera dar el lujo de soñar pensando qué es lo que quiero ser de grande, así que todavía no he decidido en qué área será que me ganaré mi Nobel o mi Oscar, lo único que sé es que no será un Grammy porque estoy negada para la música), a la hora de ir a recibir mi reconocimiento (llamémosle por ahora “El Cacahuate de Oro”) en mi discurso no le voy a agradecer a nadie, sino que por el contrario diré algo como “solamente quiero darle gracias a la vida por haberme dado la oportunidad de recibir este reconocimiento para demostrarles a ustedes que esforzarse sí trae recompensas, que México no tuvo nada que ver con mi logro y que no tengo por qué agradecerle al pueblo mexicano, porque yo a ustedes ni los conozco, que si quieren que alguien les dé las gracias o que les reconozca su participación en la obtención de un logro, deben hacer algo para merecérselo… a ver, ¿cómo es que yo no tuve un mecenas que creyera en mí y que me diera para mis chicles mientras yo me dedicaba a lo mío? Ni se les ocurra colgarse de mi esfuerzo, ni digan ‘¡a huevo! ¡los mexicanos somos bien chidos!’, nel: YO soy bien chida, YO hago las cosas mejor que los otros soquetes a los que no les tocó reconocimiento y YO me esforcé cada día de mi vida porque eso sucediera, así que ni se emocionen porque no me acuerdo que ninguno de ustedes hubiera estado ahí para echarme la mano, ¡gracias Yits! ¡este premio es tuyo!”, ja ja ja ja, cómo me gustaría que los atletas, artistas, intelectuales, científicos y, ¿por qué no? hasta los políticos, fueran completamente honestos y dijeran lo que realmente piensan a la hora que les entregan sus premios o reconocimientos en lugar de hacer lo que consideran que es políticamente correcto.

 

Así que ya saben: más les vale que nunca me gane nada, o si quieren que les agradezca en mi discurso, empiecen a conseguirse su espacio en el mismo de una vez. El cupo es limitado.

Esta entrada fue publicada en Asume tu personalidad. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s