Golpeándose la Cabeza

Supongamos por un momento que todas las paredes de nuestro universo son mágicas, y que como consecuencia de esa magia (¿provocada quizás por los polvos de hadas?) si sucediera que nos diéramos un golpe en la cabeza contra cualquiera de esos muros, nuestro aspecto físico mejoraría un poco… eso es algo para considerarse: cada vez que te golpeas la cabeza, te vuelves más bonito.

Esto plantea una cuestión que a mí en lo particular me parece fascinante, porque pondría a prueba a cada ser humano de este planeta.

Situación hipotética número 1

Digamos que decido golpearme la cabeza tan solo un poco, para mejorar mi aspecto físico, pero estoy consciente de que con cada golpe me vuelvo un poco más torpe. Mi confianza en mi capacidad intelectual me permite, sin embargo, saber que si me golpeo la cabeza las veces suficientes como para alcanzar un cierto grado de atractivo físico aún podré contar con cierto nivel de inteligencia con el que me sea tolerable vivir, con el suficiente atractivo y con la suficiente inteligencia como para ser una persona equilibrada con un balance respetable entre belleza física y capacidad intelectual. Si tengo el autocontrol y la suficiente confianza en mi persona, seguramente alcance ese equilibrio en algún punto y pueda seguir con mi vida sin estar pensando en golpearme la cabeza constantemente.

Situación hipotética número 2

Supongamos que soy una persona que, de entrada, ya es bastante atractiva físicamente. Si decidiera golpearme la cabeza algunas veces, seguramente podría llegar a ser verdaderamente espectacular, una de esas personas a las que es casi obligatorio mirar en la calle porque es tan hermosa que no verla es casi un pecado… algo imperdonable. Si contara con esa calidad de belleza y con esa cantidad de atención, probablemente llegaría un momento en el que me diera cuenta que, en mi circunstancia, tener una pizca de inteligencia (o no) es completamente irrelevante, porque a la gente le gustaría estar conmigo sin importar qué dijera o qué hiciera (al menos a cierto tipo de gente) y sería quizás en ese punto cuando decidiera que podría seguir golpeándome la cabeza indefinidamente volviéndome una persona cada vez más y más hermosa. Seguiría así hasta el momento en el que ya no supiera qué es una pared y qué es mi cabeza y hasta que ya no pudiera razonar el hecho de que me he estado golpeando la cabeza contra el muro porque resulta que esa es la fuente de mi belleza, hasta que un día simplemente fuera de una belleza intolerable y estuviera ahí, de pie junto a un muro, sin olvidar cómo respirar solo por gracia divina…

Situación hipotética número 3

Supongamos que soy una persona poco agraciada físicamente y no muy inteligente que digamos… ¿en qué punto decidiría si lo mío es golpearme la cabeza o esforzarme por ser un poco más inteligente? Ya está visto que de cualquier manera, en este mundo sin muros mágicos que nos vuelvan hermosos a golpes, ese asunto de “aumentar la inteligencia” es tan subjetivo, pero de verdad tan sujeto a interpretaciones, que seguramente a muchas personas les parecería que no vale la pena esforzarse por intentarlo siquiera, cuando golpeándose la cabeza tendrían una oportunidad real de mejorar su apariencia física para ser al menos más hermosos que aquellas personas que decidieron mejor intentar mejorar su inteligencia y no golpearse la cabeza, o que aquellas personas ya eran menos agraciadas que ellos. No golpearse la cabeza no asegura de cualquier forma que la inteligencia aumente, así que… ¿qué hacer?

Situación hipotética número 4

Imaginemos que no me interesa en lo más mínimo ser alguien atractivo. De la manera en la que lo veo, resulta que hay mucha gente que ya está esforzándose por ser bonita y siendo realista, estaría consciente de que no importara que me golpeara la cabeza hasta morir, jamás llegaría a tener la belleza que la gente que nació siendo bella y solo tenía que afinarse con un par de golpes. Decido por lo tanto no golpearme ni una sola vez, quedarme con lo que la vida me dio de nacimiento y no disminuir mi capacidad mental intentando lograr belleza física que, muy probablemente, en un mundo de gentegolpeamuros, no sería ni remotamente impresionante. Puedo por lo tanto ir por la vida presumiendo mi fealdad (o mi no belleza, todo dependerá de mi condición inicial) como una especie de cicatriz de orgullo, una especie de statement que le deja saber al mundo de la manera más explícita posible que decidí preocuparme por el intelecto, no por el atractivo.

 

Sé que los muros mágicos no existen y que emocionarnos pensando cuán hermosos podríamos llegar a ser y de qué manera decidiríamos cuál sería nuestro límite personal no tiene ningún caso, pero ¿quieres divertirte un raro? Piensa en la gente que te rodea y en lo que imaginas que haría cada uno de ellos en un mundo con muros mágicos, puede resultar más divertido que tratar de pensar en lo que harías tú, y quizás a través de este ejercicio pudieras llegar a descubrir, a través de tu percepción de la gente, una parte o bien mezquina o bien inocente de ti mismo.

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